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    "Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..."
     

     

    viernes, febrero 17, 2006

    El brazo a torcer

    No soportaría otra ruptura. Tanto desamor la mataría. Tras más de veinte relaciones en diez años, sabía que si su actual novio la dejaba, como habían hecho todos los anteriores, no sería capaz de soportarlo. Por eso cada vez que iniciaban una discusión ella cedía siempre, dándole la razón y acatando su voluntad. Le hacía regalos, tenían sexo continuamente y le daba la libertad que necesitaba. Nunca le agobió con mensajes al móvil ni llamadas, ni reuniones familiares o cenas con amigos, y él estaba encantado. O eso le parecía. Hacía todo lo que estuviera en su poder para mantenerle contento, pero no por él, sino por ella. Traumatizada por los abandonos de sus anteriores parejas, se había propuesto preservar esta relación o, como mínimo, evitar a cualquier precio que fuera él quien pusiera fin al noviazgo. Por eso aquella tarde condujo a 180, entre lágrimas y sollozos desesperados, en dirección a casa de su chico. Aquel maldito mensaje corto en su móvil indicaba lo peor. “Lo siento mucho, preciosa. Tengo que terminar con esto. Adiós.” Debía hablar con él, hacerle entrar en razón para que no la abandonara. Estaba segura de que era la mujer perfecta que él necesitaba y quería hacérselo ver. Frenó el coche en doble fila, justo en frente del portal donde tantos besos se habían dado al despedirse cuando volvían del cine; aprovechó la salida de un vecino para entrar como una bala, buscó nerviosa su copia de la llave dentro del bolso, sorbiendo frenéticamente las lagrimas que goteaban por sus fosas nasales. Gemidos de desesperación acompañaron al crujir de la cerradura al abrirse. Entró precipitadamente, empujando la puerta con fuerza, buscando con la vista a su todavía novio. En el sofá, donde esperaba encontrarle llorando con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, no había nadie. Miró hacia la cocina y vio su cadáver balanceándose, colgado del techo con un cinturón alrededor de su cuello macilento. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, suspiró de alivio y caminó tranquilamente hacia el teléfono fijo de la casa. No se sorprendió al ver su propia sonrisa reflejada en el cristal de la ventana mientras daba la dirección del domicilio a la policía. Una sola idea, liviana y apaciguadora, cruzaba en aquellos instantes por su cerebro:

    “Pudo ser peor. Pudo decirme que me dejaba.”

    PIN-HEAD @ 05:00 -+-+- |

    -+-+-+-+-

     

    La magnitud de mi tragedia