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    "Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..."
     

     

    lunes, marzo 28, 2005

    Ausencia de talento

    Sentado en la platea del teatro, observaba con atención al escenario. En él, decenas de personas danzaban y reían en perfecta armonía y sincronización. En algunos momentos, el espectáctulo se tornaba dramático, triste, pero al final siempre volvía la paz, la serenidad y los movimientos gráciles.

    Conmovido por tanta belleza, me animé a participar en la función, pero alguien del público, como yo, se me adelantó y tuve que volver a sentarme para esperar mi turno, un poco resignado, pero con la esperanza de volver a intentarlo en otro momento. El nuevo bailarín se unió al grupo rápidamente, como si los demás estuvieran esperando que llegara. Se fundió con ellos, y la preciosa coreografía siguió su curso con fluidez.

    Los años pasaron, y los bailarines fueron evolucionando. Algunos cambiaron de pareja de baile, otros siguieron con la misma, pero todos habían mejorado su técnica. Se les veía tan satisfechos y alegres que decidí que era un buen momento para volver a intentar internarme en la corriente de movimientos que formaban entre todos. Nuevamente, alguien de entre el público volvió a interferir y me vi dando media vuelta en el pasillo central y volviendo a mi asiento. El tema empezaba a molestarme.

    Un tiempo después, y tras estar a punto de volver a intentarlo en varias ocasiones, me di cuenta de que una de las bailarinas no tenía pareja. Su forma de bailar era triste y lánguida, había sido abandonada por su bailarín, que ahora daba piruetas en el aire con otra chica, en el lado opuesto del decorado. En ese momento me envalentoné y me puse en pie. Caminé con paso firme por el pasillo, en dirección a la escalera que daba acceso al escenario. Puse un pie sobre la tarima donde bailaban, ya oía la musica mucho más cercana y cálida. Un cosquilleo recorría mi espalda, estaba a punto de formar parte de aquel precioso montaje artístico. Iba a ser uno más. Pero justo en ese momento, noté que alguien tiraba de mi hacia atrás, y ocupaba mi lugar en la función. Observé atónito cómo el nuevo integrante cogía de la mano a la muchacha solitaria. Sus caras relucían de felicidad y satisfacción. Poco a poco, se unieron al resto de la compañía de baile, y danzaron unidos en perfecta conjunción.

    Hundido, volví a mi asiento y decidí no volver a moverme de alli. Seguía habiendo una belleza deslumbrante en todos los movimientos que los bailarines ejecutaban, pero yo ya no lo veía así. Seguí aplaudiendo y sonriendo tras cada pirueta de mérito que observaba. Seguí observándoles con ojos de admiración. Pero en el fondo de mi alma me estaba pudriendo. Sabía que jamás podría formar parte del sublime engranaje que veía, y eso me devoraba por dentro día tras día.

    Pocos años después, morí. Sólo, sentado en una butaca sin nadie alrededor. Todos los que antes eran público, habían saltado al escenario y danzaban libres y contentos. Pero yo no. Un día cualquiera de los que allí pasé, atormentándome interiormente como siempre, me quedé dormido y no volví a despertar.

    Los bailarines redujeron el ritmo de su danza, y dirigieron la vista hacia mi cadáver. Desde el escenario, angustiados y llorosos, me dedicaron unos segundos de coreografía lenta, moribunda, triste; en señal del dolor que sentían en esos instantes. Poco a poco, el ritmo de la música volvió a acelerarse y tomó su tempo natural, el que había sonado siempre. Los que estaban tristes volvieron a su estado de alegría permanente, y siguieron danzando por toda la eternidad, entre risas y júbilo, como si en realidad nada hubiera pasado.

    PIN-HEAD @ 14:51 -+-+- |

    -+-+-+-+-

     

    La magnitud de mi tragedia