• This page is 
powered by Blogger. Isn't yours?
  • Weblog Commenting and Trackback by HaloScan.com
  •  
     


    »Otros blogs«

  • Mondo Píxel

  • Focomelos, the blog

  • La Petite Claudine

  • Lametones de Amor

  • Borovnia's world

  • Pícara in Wonderland

  • El País de Nunca Jamás

  • Bad Movie Scene

  • In the name of Goth!

  • Vol.2

  • Desespero's Journal

  • Sin Alas

  • Despertar Soñando

  • La Belle Dame

  • Selenita from Outer Space

  • Nyx Horizon

  • Muerde o serás mordido

  • Pensamientos en la Noche

  • »Links«

  • Retro TV Intro's

  • Pildore Factory



  • »Archivos«

    01/01/2004 - 02/01/2004 02/01/2004 - 03/01/2004 03/01/2004 - 04/01/2004 04/01/2004 - 05/01/2004 05/01/2004 - 06/01/2004 07/01/2004 - 08/01/2004 08/01/2004 - 09/01/2004 10/01/2004 - 11/01/2004 11/01/2004 - 12/01/2004 12/01/2004 - 01/01/2005 01/01/2005 - 02/01/2005 02/01/2005 - 03/01/2005 03/01/2005 - 04/01/2005 06/01/2005 - 07/01/2005 08/01/2005 - 09/01/2005 09/01/2005 - 10/01/2005 11/01/2005 - 12/01/2005 12/01/2005 - 01/01/2006 02/01/2006 - 03/01/2006 03/01/2006 - 04/01/2006 04/01/2006 - 05/01/2006


    "Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..."
     

     

    martes, febrero 15, 2005

    La Teoría del Caos y su mala hostia

    Juan era gafe. Lo tenía asumido e intentaba llevarlo con normalidad. Desde joven, su familia le despreciaba, no tenía amigos y las mujeres le ignoraban sistemáticamente. Su complejo de inferioridad justificado era tan evidente, que ahuyentaba cualquier posibilidad de contacto humano voluntario. Tenía trabajo. Eso sí, consecuentemente estresante y mal pagado. Hecho a medida para él. Sus compañeros de oficina ni si quiera sabían su nombre, ni les interesaba saberlo, como al resto de la humanidad. Sus anhelos de una vida mejor, más plena, eran silenciados siempre por una voz interior que le hacía bajar de las nubes con un seco ‘bah, cállate’.

    Pero un día su suerte cambió. Había perdido el autobús (cómo no) y caminaba en dirección a su casa después de un agotador día de trabajo, cuando una joven se interpuso en su camino. Era rubia, alta, esbelta, con unos ojos azul profundo y una sonrisa rebosante de dulzura. Su mirada emanaba comprensión y buenas intenciones.

    - Hola! – espetó la chica, con una espontaneidad casi infantil.
    - Eh… Hola… ¿Nos conocemos?
    - No. Bueno, en realidad yo sí te conozco a ti.

    Entornó los ojos dubitativamente, como decidiendo si seguía explicándose o no. Mientras lo hacía, puso su dedo índice en sus labios y los golpeo rítmicamente con suavidad. Era una auténtica belleza.

    - ¿Y bien…?
    - De acuerdo, te lo contaré. Soy una enviada del que está ahí arriba. Un ángel. Pero no un ángel cualquiera. No soy el Ángel de la Guarda, ni el Ángel Anunciador, soy el Ángel de la Complacencia.
    - ¿Cómo…?
    - Lo que oyes. He sido engendrada y enviada aquí para complacerte. Te ayudaré en todo lo que hagas el resto de tu vida. Te satisfaré sexualmente, de todas las formas que quieras. Haré absolutamente todo lo que me pidas. He nacido para ello, y lo haré con ánimo, gratitud y sin envejecer.

    En pocos segundos Juan se encontró siendo llevado del brazo por la calle por la mujer de sus sueños más húmedos. La chica tiraba de él con entusiasmo y vitalidad mientras le iba enumerando las tareas que pensaba hacer, en su lugar, al llegar a casa. La irónica buena suerte quiso que, al cruzar un paso de peatones, Juan divisara una moneda de plata en el suelo, y detuviera el paso de forma instantánea para recogerla. El ángel, su ángel, siguió andando unos centímetros más, por la propia inercia de su empuje. Esos pocos centímetros fueron suficientes para que un Volvo negro golpeara a la muchacha con violencia. Su cuerpo voló desencajado varios metros hasta chocar de pleno con una farola, que a se torció unos centímetros. Juan no había sufrido ni un solo rasguño. A penas había notado el viento del coche al pasar frente a él, arrasando con su acompañante. Inmediatamente se dirigió al cadáver sangrante en que se había convertido la joven. Tenía la columna rota, y sus vértebras asomaban por una herida en su costado. Un pequeño hilo de sangre brotaba de entre sus jugosos labios sonrientes. Estaba angelicalmente muerta. Era un cadáver, sí, pero un cadáver deliciosamente bonito.

    Acostumbrado a los golpes del destino, Juan se levantó del suelo con resignación, se cambió su maletín a la mano izquierda, y siguió la ruta hacia su casa. Mientras caminaba, recordó la moneda de plata y se introdujo la mano derecha en el bolsillo de la gabardina. Observó con curiosidad el objeto que yacía sobre la palma de su mano y, con un poco de esfuerzo, consiguió leer en el borde un mensaje grabado. ‘Made in Hong Kong’. Era una réplica de acero inoxidable que no debía valer más de dos euros. En aquel preciso momento, justo antes de introducir la llave en la cerradura de su casa, una frase en letras negras mecanografiadas, como las de las facturas que sellaba diariamente en el trabajo, cruzó con nitidez por su mente: ‘Manda huevos.’

    PIN-HEAD @ 05:12 -+-+- |

    -+-+-+-+-

     

    La magnitud de mi tragedia